Un ninja me rompió el brazo: primera parte


El ninja que me rompió el brazo era más grande que este.

Cuando digo que un ninja me rompió el brazo, exagero pero no tanto. Porque si bien es cierto que no vino un ninja, me tomó por las extremidades y me hizo una toma de karate (o lo que sea que hacen los ninjas), sí es verdad que la fractura de mi brazo derecho a los 12 años —la única fractura de mi vida— fue causada directamente por un ninja. Obviamente nadie me cree.

Era 1989 y yo todavía vivía en la Argentina de los australes y en plena transición política. Épocas de un Alfonsín que renunciaba seis meses antes de que termine su mandato mientras Carlos Saúl se alistaba para debutar como líder de un país que prometía irse bien a la mierda bien rápido. Floresta había hecho de mí un preadolescente adicto a la calle y a la vagancia. Por eso esa tarde de sábado de noviembre, con Gusti nos escapamos un rato del festival/torneo de fútbol que había en la escuela para irnos a jugar unos fichines a Zoom. Zoom era el local de videojuegos del barrio en el que solíamos juntarnos con un montón de pibes de los que mi madre hubiese desaprobado, muchachos bastante más grandes de pelo largo y aritos que tenían toda la pinta de indeseables a pesar de no necesariamente serlo. Las fichas costaban 100 australes cada una y Gusti y yo no teníamos mucho más que para dos o tres, con lo cual al poco rato emprendimos la vuelta hacia la escuela.

Cruzamos la vía y enfilábamos por Segurola para caminar las tres cuadras que nos separaban del colegio cuando de repente divisé lo que parecía ser un billete de 100 australes que venía siendo arrastrado por el viento a lo largo del pavimento de Venancio Flores, la calle que bordea la vía y que históricamente me intimidó por varias cosas. Más que nada por estar, precisamente, al lado de la vía del tren y por ser el lugar que elegían las piltrafas del barrio para ir a drogarse y ese tipo de cosas. Para mí era una calle en la que potencialmente o te robaban, o te secuestraban o te agarraba una patota y te cagaba a palos con total impunidad.

Por ahí venía arrastrándose el billete de 100 australes, casi como si se tratara de un señuelo. Lo vi de lejos y me fui acercando para ver si efectivamente era un billete. Y sí. Estaba nuevito, demasiado nuevo ahora que lo pienso. Lo levanté y empecé a hacer un baile pelotudo de chico de 12 años que se encuentra tirada en la calle suficiente plata como para comprarse una ficha de video. Gustavo me miraba y se cagaba de risa.


Por perseguir esto me gané una dislocada de muñeca. Para reflexionar.

Festejamos el hallazgo y —punto clave de la historia— seguimos nuestro camino de regreso a la escuela, pero ya inevitablemente desviados de nuestra ruta original por Segurola. Los 100 australes con la cara de Sarmiento nos hicieron seguir (sin darnos cuenta) caminando por Venancio Flores, supongo que con intenciones de doblar por Gualeguaychú y darle derecho hasta el colegio (cosa que tampoco hicimos). Tampoco entiendo cómo ni por qué terminamos caminando del lado de la vía, precisamente por esa vereda llena de arbustos y recobecos en los que se drogaban las malas influencias de la zona. Supongo —digo, es lo único que me puedo imaginar— que ese día tenía que suceder que un ninja me corriera con un palo por Venancio Flores para que me rompa el brazo, y por eso todas estas cosas se dieron así.

Serían alrededor de las seis de la tarde en época primaveral-veraniega, con lo cual estábamos a plena luz del día. Cosa que, ojo, no le quitaba del todo ese aire medio de terror que tenía y aún hoy tiene la calle Venancio Flores. En aquellas épocas Gusti tenía 10 añitos y apenas un par de días antes lo habían asaltado en la puerta del club Ferro Carril Oeste, robándole el bolso con la pelota de básquet, la billetera y alguna cosa más. Que te roben es una mierda, pero que te roben a los 10 años te deja muy justificadamente cagado en las patas. Y Gusti, traumatizado por el mal trago reciente, venía bastante sugestionado, mirando para atrás cada dos por tres por si las moscas. Yo iba despreocupado y feliz porque me había encontrado 100 australes. Hasta que en un momento Gusti me lo marcó:

“Uh, che, mirá”, me señaló algo por encima de su hombro derecho y ahí lo vi: estaba a varios metros de distancia (¿30, 40 metros?); iba —o más bien venía— todo vestido de negro, con un sombrero como de lana también negro y lo que parecía ser un cuello de tortuga estirado por encima de la nariz. Llevaba en la mano un palo negro con ambos extremos terminados en punta y con cintas rojas cerca de cada extremo, y caminaba directamente hacia nosotros sin quitarnos la vista de encima.

“¡JA! ¡Mirá, un ninja!”, fue lo primero que me salió de la boca y seguí caminando despreocupado. Realmente pensé que se trataba de un nene que había salido a la calle a estrenar su disfraz de ninja. Al menos a la distancia daba esa impresión. Además, hasta ese momento con Gusti veníamos riéndonos de absolutamente todo, entonces interpreté que me estaba señalando una cosa más de la cual mofarnos. Y por otra parte, ¿quién sale SERIAMENTE vestido así a la calle a buscar gente para agredir? La respuesta a eso estaba a pasitos de nosotros.

Gustavo no se quedó tranquilo y a los pocos segundos volvió a mirar hacia atrás. “Che, boludo, pará, mirá…”, me dijo ya con una cara que reflejaba el más perfecto cruce entre la preocupación y un cagazo que crecía a pasos agigantados. ¿Y por qué esa cara? Porque en los pocos segundos que transcurrieron entre la primera y la segunda vez que Gusti miró hacia atrás, el ninja nos había ganado unos cuantos metros y ya se veía bastante más grande y bastante más cerca de nosotros. Fue ese el momento en el que tomé conciencia de la situación: Ok, no es un nene. Pero es un ninja. No es un ninja japonés, como los del Shinobi o los del DragonNinja, tampoco una Tortuga Ninja, pero está vestido como un ninja y tiene un palo en la mano. Un ninja de Floresta, sí, pero un ninja al fin. Y está claro: nos viene a buscar. Ahora que lo pienso, si esto hubiese ocurrido 20 años más tarde —en el 2009 en lugar de 1989— quizás este post se titularía “Un piquetero me rompió el brazo”.

Nuestra primera reacción fue genial. Mirando al ninja parado a 15 o 20 metros de nosotros en línea recta, nos agachamos ¡nos agachamos! y nos metimos atrás de un arbusto, como si el tipo no viera lo que estábamos haciendo. Su reacción a esa genialidad nuestra fue todavía más genial: puso una rodilla sobre el piso y realizó un revoleo de su palo en el lugar, como diciendo “estoy al tanto de sus movimientos y ¡miren lo que hago! ¡Asústense!”. Funcionó. Lo próximo que recuerdo es una especie de “vvvvaaaaaaaaaaAAAMONOS A LA MIERRRRDAAA BOLUDOOOOO!!!” así, yendo de menos a más. Correr. Correr. CORRER. Era todo lo que me pasaba por la cabeza.

La segunda parte de esta historia, acá.

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3 comentarios sobre “Un ninja me rompió el brazo: primera parte

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