Un ninja me rompió el brazo: segunda parte


Un auto como este me sirvió de escudo ante el ataque del ninja.

Si te perdiste la primera parte, podés leerla acá.

Pánico. En cuanto vimos que el ninja efectivamente venía por nosotros, empezamos a correr invadidos por sendos ataques de pánico. Venancio Flores es una calle muy poco transitada durante la semana; ese sábado a la tarde, como cualquier otro, era una calle desierta. Desierta excepto por un vecino que dedicaba esas horas a lavar su Fiat 1500 en la puerta de su casa acompañado de su esposa. Si tenés 12 años y a vos y a tu amigo de 10 los corre un ninja en una calle sin testigos excepto por un vecino en shorts y chancletas lavando un auto viejo, tu mejor opción —tu única opción— es correr hacia él.

Gusti, así gordito como era y todo, salió disparado en dirección al Fiat, que estaba estacionado unos cuantos metros más adelante de la vereda de enfrente. Yo di —literalmente— dos pasos y me tropecé, cayendo de la vereda a la calle. Quise amortiguar la caída apoyando los brazos casi por instinto, pero ya estaba demasiado cerca del piso y todo el peso de mi cuerpo cayó sobre mi brazo derecho, que estaba todo doblado en una posición desfavorable dada la cercanía al pavimento y el peso que inevitablemente se le venía encima. PLAF. CRACK. Pero estaba TAN cagado en las patas que así como me caí, me levanté y seguí corriendo mientras me sostenía el brazo y decía “me quebré, ay mamita, me quebré, me quebré”, llorando más del miedo que del dolor (a todo esto, muy tierno el “ay mamita”). Es que cuando apenas te quebrás no te duele. Es a los pocos minutos del impacto, cuando empieza la hinchazón, que el dolor se torna insoportable. Yo lloraba del cagazo de ver mi mano colgando como si fuera un trapo, sabiendo a la vez que tenía un ninja atrás corriéndome con un palo.

Propulsado por el miedo pude correr los pocos metros que me faltaban para llegar a pararme atrás del auto estacionado y al lado de su dueño, que si mal no recuerdo a esas alturas ya lo estaba secando y lustrando.

“¡¿Qué pasa?!”, preguntaba el tipo, que no entendía nada de lo que estaba pasando. Dos mocosos espantados parándosele al lado en busca de protección. Nosotros decíamos cosas, no me acuerdo qué, yo le decía que me había quebrado el brazo. Le señalamos al ninja, que al vernos refugiados tras el Fiat 1500 dejó de corrernos y pasó caminando por la vereda de enfrente (o sea, a unos siete metros de distancia si tenemos en cuenta lo angosta que es esta calle). Caminaba y no paraba de mirarme a mí, el muy hijo de puta. Siguió derecho por Venancio Flores, siempre del lado de la vía, yendo para el lado de Villa Luro.

El tipo del Fiat, que tendría unos cuarenta y pico de años, seguía pidiendo explicaciones. Yo le seguía diciendo que me había fracturado, con la voz quebrada por el llanto y acelerada por el susto. Tenía el brazo y la mano muy raspados y sangrando en varios puntos. “A ver, mové los dedos”, me dice el tipo. Yo, que lo que tenía era la muñeca dislocada y fractura de radio —según constaría en las radiografías que me tomarían más tarde en el Centro Valls de la avenida Pueyrredón— y no rotura de tendones, moví los dedos sin problemas. “Naaa, no tenés nada; si no, no podrías mover los dedos”. Un diagnóstico bien de barrio me dio. Le pidió a la mujer que me lleve adentro de la casa y me lave las heridas con agua y jabón. Cuando salí le pedí al señor que me llevara a mi casa en su auto recién lavado. Me preguntó dónde vivía. “A 16 cuadras, pasando Juan B. Justo”, le dije. “¿Y vos dónde vivís?”, le preguntó a Gusti. “Acá a dos cuadras”, le dijo el otro. “Na, andá a lo de tu amigo y llamá a tu casa de ahí”. Ok, gracias.

No recuerdo la caminata ni el viaje en ascensor hasta el séptimo piso. Entré a lo de Gustavo y me tiré en la cama mientras Susana, la mamá de Gusti, trataba de calmarme y comparaba mi brazo roto con mi brazo sano. “Yo los veo igual, no creo que tengas nada”, me decía. Es que como era tan flaco ya de chiquito, la verdad es que la diferencia no era mucha. A esta altura, igual, la hinchazón era grande y el dolor muy intenso. Gusti agarró el teléfono y empezó a marcar a mi casa. “Deciles que me quebré, no les digas que me lastimé nada más, deciles que ME QUEBRÉ”, le indicaba mientras me retorcía del dolor. Necesitaba que mis viejos se asustaran, así vendrían a buscarme rápido. Alguien contestó en mi casa y Gusti explicó la situación sin utilizar el verbo “quebrar” en ningún momento. “Juan Manuel se cayó y se lastimó toda la mano” fue su descripción. Lo quería matar. Me quería matar. Traté de relajarme mientras Diana, la perra de los Zanetti, se acercaba y me olfateaba. Ella sí que no entendía nada de nada.

Pasó un rato y sonó el timbre. Me levanté, siempre sosteniéndome el brazo con la otra mano y llorando —ahora sí por el dolor. Abajo esperaban mi viejo y mi hermano, que en cuanto me vio salir del ascensor a través de la puerta de vidrio del edificio dejó salir un “aaaaah no tiene nada el cagón este”. Me tiré en el asiento de atrás del auto y traté de aguantar el dolor hasta que llegamos al Centro Valls. Las radiografías confirmaron que me había sacado la muñeca de lugar y fracturado el radio. Me acostaron en una camilla y me colgaron del dedo gordo una pesa de no sé cuantos kilos. En algún momento el médico me avisó que me iba a poner la muñeca en su lugar, cosa que me dolió como la gran puta. Después me enyesó casi hasta el hombro y me dio 45 días de recuperación.

Mi yeso y yo a punto de subir al micro, el día que nos íbamos de viaje de egresados – 1989.

El yeso era pesado. Si mal no recuerdo estábamos en la segunda semana de noviembre del 89. Hacía calor y en pocos días me iba de viaje de egresado. Todos me hablaban de la picazón que me iba a agarrar, de que me iba a tener que rascar el brazo con un cuchillo o una aguja de tejer. No tardé mucho en darme cuenta de lo que hablaban porque al poco tiempo me estaba rascando el brazo introduciendo entre el yeso y mi piel un cuchillo Tramontina de los que usaba para comer los churrascos que preparaba mi vieja. El yeso me cagó el viaje de egresados. No pude alquilar una bicicleta cuando todos mis compañeros lo hicieron y salieron a rodar por ahí, y  solamente me podía meter en la pileta con el agua hasta la cintura y con el yeso envuelto en una bolsa de basura, mientras mis amigos chapoteaban y se sumergían, felices, debajo del agua. A la hora de la ducha era lo mismo. Bolsa de basura en el brazo. Esto sin contar el calor y la picazón insufribles que producía, más aún en una Córdoba calurosa de finales de noviembre.

La gran pregunta sobre lo que pasó aquel sábado a la tarde nunca tuvo una respuesta certera. Nunca supe si fui víctima de un ataque casual o premeditado. Aunque no puedo negar que teniendo en cuenta nuestra situación en aquella época —se empezaba a saber que nos íbamos a ir del país, justamente de ese país que prometía irse muy a la mierda muy rápido— había altas sospechas de que alguien estaba tratando de hacernos daño. Son puras conjeturas, pero el caso es que una tarde estaba yo jugando en la calle con mis amigos, correteando por ahí con mi brazo enyesado, cuando de la nada se abre la puerta de mi casa y me llaman para adentro. En el living estaba mi mamá con unas cuantas amigas y un señor que nunca antes había visto en mi vida. De todas maneras no tardé en darme cuenta de que se trataba de alguna especie de manosanta, curandero o algo por el estilo (digo esto a sabiendas de que mi madre querrá colgarme de las pelotas cuando lo lea). Sentado en el sillón del living de mi casa, el tipo —retacón y panzón— me examinó con la mirada unos segundos y me preguntó: “¿Cuánto tiempo te dieron de yeso”? 45 días, le respondí. Me miró fijo unos segundos más y me dijo: “Te lo van a sacar antes. Está bien enyesado. En 30 días te lo sacan”. Ok. Y volví a la calle a jugar con mis amigos.

Treinta días después del episodio del ninja tuve que ir al Centro Valls para un chequeo. Ese día me sacaron el yeso.

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7 comentarios sobre “Un ninja me rompió el brazo: segunda parte

  1. ¡Inche ninja del oooooooortoooooooooo!
    Pues ¡sí que les correteo el ninja!
    Ahora: tanto así como que “te rompío el brazo”…
    ¡Cómo me encantaría leer la versión encapuchada de los hechos!

  2. Honestamente yo esperaba un enfrentamiento cuasi-sangriento con el Ninja.

    A estas alturas, creo que lo que te rompió el brazo fue el pánico.

    Buena anécdota putin. Un abrazo!

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