Esto es lo poco que aprendí en 40 f*cking años


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Yo sé que aparento treinta y pocos, quizá hasta veintitantos. Pero ayer cumplí 40. A mí también me confunde. Me confunde verme al espejo y que me devuelva la imagen de mi cara. La verdad, no me siento de 40. Lo cierto es que, cara de niño aparte, ya me fumé la mitad de mi vida.

Del montón de cosas que me pasaron a lo largo de estas cuatro décadas (qué triste que cada vez que digo ‘cuatro décadas’ me acuerdo de Arjona, lcdsm), rescaté algunas lecciones generales que aquí paso a detallar. Para mi propia satisfacción. Y para las nuevas generaciones, claro.

1. No vas a tener la vida que soñaste. Yo de chico quería hacer la secundaria en escuela industrial, irme de viaje de egresado a Bariloche. Quise ser ingeniero como mi papá, jugador de fútbol como Francescoli, estrella de rock como Slash. Me fui de Argentina llorando a los 13 años y jurando que volvería a los 18, o algún día. Absolutamente nada de esto sucedió.

Está la vida que soñaste tener y la que te tocó. Y es medio triste, pero cuanto menos colgado te quedes de la vida que soñaste, mejor. Lo bueno es que ni la vida que soñaste es tan buena como te crees que es, ni la que te tocó tan mala como pensás.

En una conversación entre Pep Guardiola y el cineasta español Fernando Trueba a la que vuelvo cada tanto, este reflexiona: “Es que nada sale mal, todo es lo que es. Eso me pasaba con las películas al principio. Uno tiene la idea de ‘yo quiero hacer una película a ver si consigo hacer la película que sueño’. Y dices: no, tú no tienes que conseguir hacer la película que sueñas; esa película que sueñas no existe. Es como el plano de una casa. Lo que importa es la película que vas a hacer. Concéntrate en la película que vas a hacer y no en la tontería que has soñado. Es decir, trabaja con la realidad, ¿sabes? No estar agarrado a un imposible, a una cierta utopía. Porque las utopías no existen, aunque tú las sueñes o hasta las puedes escribir en un libro. Las utopías no existen y el sueño aquel tampoco existe. El sueño solo es la cerilla que enciende el fuego… No es que no haya que soñar, pero hay que ir mejorando paso a paso, porque llegar a la perfección no vamos a llegar. Y entonces en el paso a paso, pasártelo lo mejor posible”.

Esta, creo, ha sido la Madre de todas las lecciones que me ha dejado la vida. La vida te da las cartas que te da, no las que vos querés (todos queremos los cuatro ases, claro. Not happening). Yo hasta diría que a mí la vida me dio un montón de cosas que no quería o que no pedí. Pero de alguna manera hoy soy más o menos feliz y me siento agradecido. En el medio tuve que ajustar bastante las expectativas y aprender a apreciar el paisaje del camino que me tocó.

2. Tu niñez la llevás siempre con vos. Es lindo y muy peligroso. Que tu pasado no se coma a tu futuro.

3. La relación con tus viejos mejora con los años. En los 30 empezás a entender las cosas de ellos que te costaba entender en tus 20 y que ni en pedo podrías entender en tu adolescencia. Y si no mejora, pensá que al menos la mitad de la responsabilidad la tenés vos.

4. El tiempo no cura las heridas. Las heridas las curás vos. El tiempo es lo que transcurre mientras vos decidís curarlas y te ponés en campaña de hacerlo.

5. Los mejores amigos no existen. Existen los buenos amigos. Algunos son buenos para algunas cosas y pésimos para otras. A algunos les podés confiar algunas cosas pero no otras. Con algunos podés hablar de ciertos temas y con otros de otros temas. El ‘mejor amigo’ para una cosa puede ser el peor para otra. A algunos les podés pedir plata prestada y a otros no. A algunos les podés prestar plata y a otros no. Pero ese concepto de ‘mejor amigo’ es poner demasiada fe y responsabilidad en un simple mortal, y me ha ido mejor eliminando esa idea de mi cabeza. Todos son humanos y tienen sus cagadas. Aceptarlos, aguantarlos y quererlos como son (o no) queda a tu libre elección. Creo que tengo la fortuna de tener varios buenos amigos. A todos los quiero mucho. Y a todos en algún momento los quise estrangular.

6. Es de crucial importancia ubicarse. Hay dos tipos de gente en el mundo: la ubicada y la desubicada. La gente que logra entender cuál es su lugar en la mayoría de las situaciones ambiguas de la vida y sabe tomarlo, esa gente es minoría. Sé de esa gente. Porque si sos de la otra, serás un desubicado o desubicada de mierda. Y nadie quiere a un desubicado o desubicada de mierda. Creo que una de las primeras cosas importantes que noté de la mujer con la que me voy a casar fue lo ubicada que era en todo momento. You sexy thing.

7. Escándalos en la calle, no. Me lo decía mi mamá en voz baja pero muy enérgica cuando de niño me ponía a gritar y patalear en la calle por alguna injusticia hacia mi pequeña persona. Detestaba a mi vieja cuando me lo decía, pero ha sido una de las grandes lecciones de vida que transmitiré a mis hijos: nada de berrinches en público, mocoso de mierda*.
(*Poco después de la publicación de este post, mi madre me escribió expresando lo mucho que disfrutó de leer todo esto, y de paso me pidió que le aclare al mundo que ella me decía “escándalos en la calle, no”, pero que nunca me dijo “mocoso de mierda”. Por si se llegó a entender así.)

8. El amor de tu vida no luce como esa persona inventada que tenés en la cabeza. Esto es parecido a lo de la vida que soñaste y la que te toca. En mi caso, el amor de mi vida resultó ser muy superior al invento ese que yo tenía en mi cabeza. Y cuando la realidad supera a la fantasía, estás en un mundo en el que vale la pena vivir.

9. Amar es involuntario al principio; después, todo lo contrario. Hablo de la vida en pareja. Primero, amar te va a salir solo. Después, con el tiempo, tendrás que ejercitarlo y ponerlo en acción. Pasa de ser una cosa pasiva a activa. Es la evolución, nomás. Con la práctica se vuelve involuntario nuevamente y así. Y con respecto al amor de tu vida, lamento recurrir a un lugar común y no ofrecer ninguna reveladora revelación, pero: when you know, you know. Cuando te llegue, te vas a dar cuenta.

10. Hay que ahorrar. Yo sé que esto suena a chiste de judíos. Consejo de la abuela, de los papás, y ahora también mío: guardá siempre unos mangos para más adelante. Cuanto más religiosamente, mejor.

11. Importantísimo: ser una persona de palabra. Word is bond. Si tenés palabra, la gente lo va a notar. Y si no la tenés, también. Esto en gran parte determinará tu reputación. Tú dirás. Y ya que estamos hablando de las palabras…

12. Ojo con lo que decís. Por dos cosas: porque las palabras pesan, y porque…

13. Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice. Fijate.

14. En algún momento tenés que aprender a vestirte. Si es en tus 20, mejor. En los 30 todavía estás a tiempo. No llegues a los 40 sin saber. No puede ser todo jean, camiseta y zapatillas toda la vida. Don’t be that guy. Yo era that guy y mi viejo me cagaba a puteadas. Lo entendí cuando me fui a vivir a Nueva York y todo el mundo estaba vestido mejor que yo. Ahí me dio bronca. Al final te das cuenta de que podés conservar tu individualidad y saber, a la vez, qué coño ponerte y cuándo. Yay.

15. El estrés se genera cuando estás pensando mucho en el pasado o en el futuro. Pero no lo suficiente en el presente. Me lo dijo una vez un taxista en Nueva York. Y hablando de Nueva York…

16. Toda persona que tenga alguna vez la oportunidad de vivir en Nueva York, debería vivir en Nueva York. Eso me lo dijo una vez mi amigo Alfonso. Él a su vez lo escuchó en algún lado. El punto es que concuerdo 100%.

17. Vivir en Nueva York es como estar en una relación abusiva con la persona más cool del mundo. Eso también lo leí en algún lado. Y es el mejor resumen de lo que es vivir en Nueva York que he leído jamás.

18. Vas a perder a tus viejos. En algún momento se van a morir. Y te va a doler. Y vas a llorar mucho. Y los vas a extrañar el resto de tu puta vida, y será una tristeza que llevarás siempre. Y esa es la ley de la vida, el círculo de la vida o como le quieras llamar: que los hijos entierren a los padres. Y tus hijos te enterrarán a vos. Porque, qué horrible sería si fuera al revés. Me lo dijo mi papá cuando le diagnosticaron cáncer. Y tenía toda la razón.

19. Siempre se puede estar mejor. Y siempre se puede estar peor. La clave está en saber cuándo pensar cuál de las dos. ¡Ojo con eso!

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